martes, 28 de febrero de 2017

El libro

Érase una vez un libro. Un ejemplar único aparecido por arte de magia en el dormitorio del hombre más poderoso del mundo. Era grueso, de tapas duras. Situado sobre la cama invitaba al menos a hojearlo. Pero, asustado, ni lo lee ni lo abre. Y llama a los guardias de seguridad para que lo retiren y averigüen cómo pudo haber llegado hasta su cuarto. Revisad también su contenido. Quiero noticias a primera hora de la mañana.

Inspeccionadas las grabaciones, nada sospechoso apareció. Nadie había entrado o salido del dormitorio durante la tarde en la que debió de tomar forma. En cuanto al contenido del libro no había mucho que decir: trescientas páginas de hojas en blanco, que no mostraron información alguna.

El libro pasó a vivir en la biblioteca de la mansión. Olvidado en ese cuarto oscuro que su dueño apenas visitaba. Era en cada visita cuando el libro revivía y sus letras y frases volvían a las páginas. Grandes, claras, llenas de sabiduría suficiente para arreglar el mundo. Esperando a ser leído por el hombre más poderoso del mundo, pues sólo él guiado de sus consejos podría encauzar a la humanidad. Pero nunca lo leyó y el libro suspiraba en soledad.

Tanto esperó el libro que tan mágicamente como llegó a la casa, desapareció. Con represalias, eso sí. El día que se fue lo hizo con un gran incendio. Ardieron la casa y el hombre poderoso. El libro sigue vivo, errante. Deseoso de abrir mentes entre poderosos y humildes.

lunes, 20 de febrero de 2017

Letras preciosas

Natalia Letter es crítica literaria no por trabajar de eso, que sí lo hace, sino porque realmente lo es. Es una profesión que algunos tachan de poco seria pues las valoraciones de los críticos, por muy objetivas que quieran parecer, son en realidad opiniones con pretensiones, palabras. Y, sin embargo, la opinión de la Sra. Letter es respetadísima y siempre genera consenso a su alrededor.

Esto se debe a que Natalia, dejando las ñoñerías a un lado, tiene un vínculo especial con la literatura. Podríamos hacer más impresionante su historia diciendo que su buen gusto se remonta a su niñez, pero mentiríamos: siendo ella pequeña sus cualidades pasaban inadvertidas y se quedaba dormida mientras sus padres le leían cuentos cada noche.

Fue con las primeras lecturas por su cuenta cuando su don comenzó a manifestarse, muy de vez en cuando y con poca repercusión. A medida que leía más libros, no sólo conformaba su propio criterio, sino que lo experimentaba en sus propias carnes. Cuando daba con una lectura de mala calidad, se sentía enferma. Fiebre ligera y sudores eran la antesala de una diarrea, más potente cuanto peor fuera el libro. Fácil de cortar abandonando las páginas nocivas, pero desagradable al fin y al cabo. Por el contrario, una buena lectura era un regalo que también tenía repercusiones intestinales, y tras una imperiosa necesidad de evacuar, del ano de Letter salía una piedra preciosa. Más grande cuanto mejor fuera la lectura.

Esta curiosa cualidad, muy útil para dedicarse a la crítica literaria, le resultaba embarazosa en sus primeros años, antes de ejercer la profesión para la que había nacido. ¡A ver cómo se le explica a alguien, incluso a alguien cercano, que puedes convertir literatura en piedras preciosas! O en algo peor. Afortunadamente se liberó pronto de prejuicios y lo mismo hizo su entorno. Al principio, familia y amigos esperaban ansiosos su veredicto cuando comenzaba un libro. Poco tiempo después, el mundo literario en general era el que aguardaba por su opinión.

Estos juicios de Natalia, tan materiales, se consideraban inapelables por apabullantes. Vergonzantes para los autores de malas historias y todo un premio para los autores esforzados. En pocas artes se puede medir la calidad en mierda o quilates.


Aún siendo ella tan respetada, se sentía en parte espectáculo de circo y buen día renunció a la crítica para lanzarse ella misma a escribir. Cuando lo anunció, fueron muchos los autores castigados que le deseaban un estrepitoso fracaso, una muerte por diarrea. Cuando al poco murió, quisieron creer que sus deseos se habían hecho realidad. Y así lo creyeron hasta que conocieron que el verdadero motivo de su fallecimiento había sido una enorme y brillante piedra, demasiado grande para expulsarla y seguir con vida. Demasiado preciosa.